¿Existe realmente el progreso para toda la población en un mundo que condena a millones de niños incluso antes de su nacimiento?
Actualmente, algunas de las noticias que se desarrollan incluyen componentes relacionados con avances tecnológicos, crecimiento económico y promesas de un mejor futuro como pan de cada día.
Sin embargo, al hablar de proyecciones futuristas, una de las líneas que debería abordarse como punto focal y de inicio para lograr el tan anhelado desarrollo es la infancia, la cual continúa siendo un sector de la sociedad donde las desigualdades se evidencian con mayor facilidad. Lo irónico es que entendemos la niñez como el eje de la sociedad futura y, aun así, es uno de los grupos más desprotegidos en nuestra sociedad.
¿De dónde surge esta apreciación? Para empezar, es necesario entender que la vida de ningún niño parte del mismo punto. Es decir, no todos tienen las mismas oportunidades. Para algunos, la infancia está asociada al juego, la educación y la protección; para otros, se reduce a sobrevivir, a pesar de su corta edad.
Situaciones como comer una vez al día, (en los casos que es posible), — trabajar desde edades tempranas para ayudar con los gastos del hogar implica, en muchos casos, abandonar la escuela sin dudarlo un segundo. Según datos del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia, más de 400 millones de niños alrededor del mundo sufren privaciones de servicios básicos como el acceso al agua, la salud, la alimentación y, por supuesto, la educación. Esto evidencia que las desigualdades no son únicamente circunstanciales, sino también estructurales.
Actualmente, cuando se habla de derechos de infancia, se puede decir que en la mayoría de los casos se habla de derechos vulnerados. El derecho a la vida, a la protección y a la educación siguen siendo, para muchos, un privilegio.
Un niño que nace en un contexto de pobreza no accede a las mismas oportunidades académicas que alguien con privilegios. Muchos aprenden a trabajar antes que a leer o escribir y a resistir antes que a soñar.
Estas brechas no pueden explicarse únicamente por decisiones individuales de los adultos, sino también por un sistema que no cuenta con políticas estructurales que garanticen la asignación efectiva de recursos y los mecanismos de protección adecuados.
Las crisis globales aumentan y prolongan estas desigualdades. Las migraciones forzadas, la pobreza estructural y los conflictos armados configuran el panorama del mundo actual. Sin embargo, sus consecuencias no se distribuyen de manera equitativa. Los niños y las niñas son los más afectados.
Según datos de la Organización de las Naciones Unidas, uno de cada seis niños en el mundo vive en zonas de conflicto, y más de 40 millones han sido desplazados por guerras, violencia y desastres climáticos. Estas no son solo cifras preocupantes, sino infancias pausadas, y en muchos casos, destruidas.
Teniendo en cuenta este contexto, las cifras son cada vez más alarmantes: la desnutrición infantil, el analfabetismo, el trabajo infantil, los matrimonios y los abusos infantiles siguen siendo una realidad tranquila en muchas partes del mundo.
La UNICEF ha reportado que millones de niñas son obligadas a contraer matrimonio incluso antes de alcanzar los 18 años de edad, una práctica que limita la educación y perpetúa ciclos de violencia. Razón por la cual, los niños dejan de jugar y empiezan a sobrevivir en entornos hostiles para un adecuado desarrollo físico, emocional y mental.
Las dimensiones más injustas de esta realidad, en su mayoría, resultan ser políticas. Los niños no votan, no hacen parte de los procesos de decisión, y tampoco pueden influir en políticas públicas, pero sí sufren las consecuencias de las malas decisiones de adultos, gobiernos e instituciones en los cuales la falta de gobernabilidad y gobernanza para estas poblaciones es mínima.
El adulto centrismo domina las prioridades: invertir en guerras y acumular riquezas parece ser más importante que asegurar infancias dignas. Las decisiones tomadas pensando en el largo plazo terminan afectando directamente el presente de las infancias.
Y no me malinterpreten, la responsabilidad no debería recaer únicamente en los Estados Unidos.
Como sociedad hemos normalizado expresiones como “usted no sirve para nada” o “¿usted siendo médico? No sea tonto, usted no va a poder”, y también miramos con indiferencia el matrimonio y el trabajo infantil siempre y cuando sucedan lejos de nuestras burbujas de privilegio.
La falta de acción y de conciencia permite que estos comportamientos se expandan en silencio.
Cuestionar este modelo de desigualdad, más allá de ser un acto de rebeldía, es un acto de responsabilidad social y ética. Un progreso que excluye y minimiza a las infancias no debería llamarse progreso, porque no se trata de cuidar a los niños para cuidar el futuro, sino de reconocerlos como parte fundamental de nuestro presente para lograr un mejor futuro.
Al final, no se trata de lo que pensamos, sino de lo que hacemos frente a esta realidad. Los niños no necesitan salvadores; necesitan adultos que crean en ellos y caminen a su lado.
Actuar significa dejar de ser espectadores: cuestionar las desigualdades que tanto hemos normalizado, exigir que la educación y la seguridad infantil sean las bases de nuestra sociedad y entender que las decisiones colectivas o individuales ayudan a la perpetuación o transformación de nuestra realidad. Porque abandonar a nuestra infancia no es algo inevitable, es resultado de todo aquello que como sociedad hemos decidido ignorar.
This article was edited by Marina Caraballo, Jerónimo Freydell-Cristancho and Walker Whalen. Copy editing done by Diana Melgar and Avery Grossman.
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